jueves, noviembre 09, 2006

¿LA IGUALDAD A PARTIR DE LA DIFERENCIA?/ Lorena Casal

¿Alguna vez has escuchado palabras como aldea global, planetalización, acceso libre y en tiempo real a la información, un mundo geopolítico, geoeconómico y geocultural, Internet, igualdad de derechos para el individuo aquí y en China, libre mercado, mundialización…? ¿Ya sabes a qué me refiero? La globalización suele representarse como un proceso que consiste, dicho de manera simple, en la eliminación de fronteras para dar paso a la interpenetración de mercados y comunicaciones dentro de los países, con el objetivo de formar una igualdad mundial donde “todos” los ciudadanos de esta aldea global tengan igualdad de oportunidades.
Sin duda alguna, el discurso anterior sonaría prometedor y acogedor sino fuera por la gran desigualdad que generan componentes tecnológicos y comunicacionales “integrativos” como la Internet, que provocan la disociación y desorganización que afectan a los sectores más desprotegidos de la sociedad, los indígenas y campesinos.
De acuerdo con Garretón (2003:22), dichas desigualdades se ejemplifican con la importancia de la información y el estar informado en la actualidad, aspecto que pasa de una necesidad a un bien de consumo donde el acceso a la información se vuelve privilegiado y no igualitario. La información es un arma de dos filos, porque puede utilizarse para elevar la calidad de vida de la sociedad, o puede utilizarse para convertirse en un mecanismo de control y regulación del individuo por parte del poder, un hecho característico en las sociedades modernas
Así mismo, en esta dinámica de explicitar un libre acceso a la información, las estructuras dominantes de poder suelen hablar de una cultura de tolerancia y democracia, lo que determina la socialización de valores como la igualdad, la libertad, el pluralismo y la solidaridad, enmarcados en un discurso de apoyo social y compromiso comunitario por parte de las grandes corporaciones, incluidos los medios de información y comunicación.
Según Garretón (2003:34), al contrario de la globalización, Latinoamérica ha establecido un bloque geocultural en oposición al proceso mundial de la globalización; es decir, es un espacio cultural donde los países que comparten una cultura, lengua, patrimonios históricos y culturales, políticas, tecnologías, industrias culturales, historia, entre otras características, se unen para formar un bloque de resistencia ante el gran interés que esta región ha despertado en países como Estados Unidos, Inglaterra y Francia, lugares donde registran su origen tanto la idea de los derechos universales del hombre como la de la aldea global, entre otros conceptos basados en la universalidad y el individualismo.
Dicho bloque creciente latinoamericano ante la globalización y la lucha en contra de la igualdad global, tiene sus orígenes en la crisis que se ha venido suscitando, de acuerdo con Garretón (2003:43), en un modelo de la actualidad relacionado con la modernización occidental y las cultura de masas norteamericana que poco a poco van ganando terreno en la sociedad de América Latina, ejemplificado con el incremento de las empresas transnacionales en esta región, que suelen imponer una cultura organizacional y económica alterna, la socialización de nuevas políticas culturales y prácticas de consumo y acuerdos y tratados internacionales entre países. Los hechos de que un niño sepa más sobre Mickey Mouse que de los personajes ilustres de la historia de su país, el creciente individualismo como parámetro de comportamiento a seguir, el establecimiento de un idioma mundial que permita un estándar dentro de la comunicación internacional (¿ya adivinaste cuál?, exacto, el idioma inglés), son algunos ejemplos de esta tendencia a la globalización.
¿Acaso no se ve una constante lucha para obtener una “igualdad mundial” a costa de perder la identidad cultural y de acrecentar las desigualdades étnicas y de oportunidad? El discurso de la globalización no acostumbra contemplar la idea de grupos étnicos porque implica dividir drásticamente su atención en las diferencias sociales y los grupos frecuentemente excluidos. Con lo que sí cuentan los países que promueven este discurso es con el poder suficiente para controlar a las demás naciones a través de la tecnología y la lógica económica en la información y el conocimiento. Puesto que son estos países quienes producen tal “progreso” (más allá de la maquinación tercermundista), también regulan el consecuente acceso a estas tecnologías a niveles masivos y transversales a la sociedad. Se suma entonces una desigualdad digital que parte del diferente y mejor acceso a la información y a la comunicación por una minoría: aquellos que cuentan con los recursos para obtenerlas. Esto contribuye a que se incremente la disociación democrática y las disparidades sociales y de hábitos de consumo en los países subordinados a esta lógica económica, en especial, en América Latina.
Te preguntarás, ¿pero qué con el bloque latinoamericano?, ¿qué es lo que defiende? Garretón (2003:45) menciona que este bloque busca redefinir el concepto de ciudadanía para poder superar las nuevas formas de exclusión y desigualdades que atacan los orígenes y existencia de los países que lo conforman. Es un bloque que intenta fortalecer la sociedad civil y sus actores sociales, instaurar economías nacionales integradas para desempeñar un gran puesto dentro del proceso de globalización, establecer modelos propios de modernidad en cada región que contengan elementos tales como independencia cultural e identitaria, tomando en cuenta la historia colectiva que comparten todas las regiones latinoamericanas.
¿Pero en realidad se logrará establecer lo anterior viviendo en una era de información caracterizada por los constantes cambios y el incremento del individualismo? Ortega y Gasset (1997:3) escribió hace años que el comportamiento del hombre-masa podría caracterizarse por su atención en su sentimiento de superioridad e individualismo, que no le permite ver más allá de sus intereses y progresos personales y que no toma en cuenta la participación y presencia de los demás que forman parte de su sociedad; ¿cuántas veces alguno de nosotros ha establecido en su plan de vida un proyecto destinado a la participación activa con su comunidad?, ¿está dentro de nuestros intereses económicos, profesionales y sociales el sector olvidado de la mayoría de los países, los indígenas y los campesinos?
“Masas mimadas” es el nombre que Ortega y Gasset (1997:3) le ha otorgado a este individuo que surge de una serie de modelos económicos, culturales, políticos y sociales dentro del proceso de constante “progreso” y cambios tecnológicos, un individuo poco participativo, que exige comodidades y que no se compromete con la suma de esfuerzos. Frente a estos modelos, el bloque latinoamericano, con gran cantidad de elementos y potenciales singulares, busca resistirse ante la idea de la homogenización cultural, geográfica, histórica, política, lingüística y económica; busca el reconocimiento del espacio donde se vive, su historia, su cultura, su literatura, su estilo de vida, su tipo de sociedad y su composición por diversa que sea; busca la conciencia del individuo como parte de un todo, pero que basa y establece su igualdad a partir de sus diferencias.
¿En realidad el hombre está capacitado para establecer las igualdades a partir de sus diferencias?, ¿qué se aplica más en nuestra vida cotidiana, el altruismo o el individualismo?, ¿son las premisas anteriores factores claves para lograr lo que se ha venido planteando en el transcurso del presente ensayo? ¿O acaso es la globalización una epidemia que se expande sin curación alguna? ¿Es la solución perfecta que el mundo necesitaba para alcanzar su calidad de vida en todos los sentidos?

BIBLIOGRAFÍA:
Garretón, M. (2003). El espacio cultural latinoamericano. Argentina: FCE.
Ortega y Gasset, J. (1997). La rebelión de las masas (Fragmento). Madrid: Alianza Editorial.

O TODAS IGUALES O TODAS DIFERENTES / Annelisse Ellerbrock

Escribiré desde afuera para poder entenderme.
Es indiscutible que las mujeres son seres llenos de incongruencias que muchas veces ni ellas mismas entienden. Ahí radica la magia y el secreto que ha fascinado a los hombres por siglos. Les ha fascinado ese ser cuya existencia está llena de disparates. Qué irónico el hecho de que la mujer no pueda ser constante en sus acciones y que el hombre aparentemente la ame por eso.
La mujer es tan cambiante como el concepto que tiene de la igualdad. En su naturaleza incongruente no pudo ausentarse del concepto y la práctica de la igualdad y, ante los hombres, busca igualdad de oportunidades, de derechos, de sueldos, de tratamiento. Pero entre ellas todas quieren ser diferentes y se odian con saña y maña entre las que consideran sus iguales.
Tantas mujeres feministas que lucharon por los derechos que hoy sus herederas malgastan con fría indiferencia. Sin embargo, apuesto mi vida a que dentro de este mismo grupo de mujeres feministas, radicales en sus tiempos, sedientas de igualdad, mujeres que lucharon por la igualdad de géneros… entre ellas estaba la mujer alfa, aquella que entra al recinto y lo primero que hace es medirse con las demás, satisfecha de reconocer su superioridad en inteligencia, físico, modales o modas.
Este ejemplar de la especie, tan perfecto, tan deseable, y sobre todo tan superior a sus congéneres, ve a las demás mujeres como proyectos: las va a ayudar a mejorar, pero nunca para que lleguen a ser iguales a ella (de eso se va a encargar ella misma de recordárselo). Las demás, las inferiores, las iluminadas, la adorarán por este acto tan desinteresado.
Pobre de aquella ingenua a la que considere como una igual, porque entonces esa “ella” no va a ser su amiga o compañera sino su rival. Se trata de una mujer alfa con las mismas (o incluso más) posibilidades de triunfar y sobrevivir, incluso de destacar: cuando una mujer odia verdaderamente a otra mujer no es por diferente sino por considerarla igual o superior.
A la mujer alfa sólo le quedan dos caminos: desprestigiarla y convertirla a la fuerza en un ser inferior y seguirla odiando o ignorarla y seguirla odiando.
Esta es la primera incongruencia del concepto de igualdad entre las mujeres. Para el hombre y la sociedad son iguales, pero entre ellas todas son diferentes y no tienen el derecho de ser iguales. O se exponen a ser odiadas.
Segunda incongruencia: Cuando alguien les dice: “te pareces a fulanita”. No les halaga ni les encanta. Si a la que se parecen es superior a ellas en algún aspecto físico, la detestan a profundidad por parecerse pero quedar situadas en una posición inferior de la comparación. El hecho de que exista alguien que comparte rasgos físicos con ellas les parece sinónimo de competencia y no exactamente de igualdad. Parece que las mujeres también nacieron para competir entre ellas, y el ser parecidas les incomoda, por creer que esas ventajas con las que nacieron no necesariamente son únicas.
Es esa estúpida necesidad psicológica de la mujer de creerse especial e única lo que las lleva a repudiar el derecho de igualdad entre su mismo género. Porque el ser iguales anula el ser especial. Entonces el hombre se ve obligado a consolarlas haciendo uso de una de las mayores cualidades con las que nacieron… el verbo. Y utilizan la ya celebre frase de “todas las mujeres son especiales”. Pero en esas palabras se oculta la verdad prohibida: Todas son iguales porque todas son especiales. Y eso las mujeres lo saben y serán capaces de luchar hasta con la semántica de los diccionarios para que nunca nadie más contradiga el hecho de que son diferentes.
Es una lucha extenuante la que la mujer alfa lleva por intentar ser diferente. Pero se trata de una lucha que al mismo tiempo ha creado estereotipos. El de la mujer de negocios, la madre de familia omnipotente, la novia perfecta, la artista destacada. En lo único que radica el ser diferente es en escoger el tipo de mujer que se quiere ser y la del tipo alfa será la que lleve con más naturalidad el estereotipo y contribuya a mejorarlo. Crea patrones y líneas, parámetros en los que se permite cierta cantidad de igualdad pero donde acentuarán sus diferencias entre las integrantes del grupo. La mujer alfa es más lista, más grácil, más solvente, más mujer.
Al resto de las mujeres se les permite pertenecer a los mismos grupos de la hembra alfa, de usar ropa parecida (nunca igual), de asistir al mismo club exclusivo, de compartir ideas. Esto las provee de un sentido de pertenencia a un grupo y el sentimiento de socialización e igualdad ante el mundo exterior. Se comparten características, sentimientos e ideas, se usaran frases como “sé como te sientes, te entiendo, me siento igual”. Actuarán para el hombre y la sociedad una obra cuidadosamente ensayada para que se crea que son amantes de la igualdad y sumamente unidas.
Sin embargo todo es parte de un espectáculo. Las mujeres alfa suelen detestar la igualdad. Porque es verdad que todas se venden como iguales en cuanto a sus oportunidades de acceso social pero muchas se esfuerzan por ser menos iguales, aún cuando caigan en la clasificación de superiores e inferiores.
Detrás de todo lo anterior radica un escándalo discursivo: la mujer alfa no acepta la igualdad entre su propio género, la igualdad la deshace, la ningunea. Las mujeres alfa han evolucionado el significado de igualdad entre ellas, hasta llegar a la prohibición misma de ésta: es pecado, es inaceptable ser igual. Uno nunca ama a su rival y sólo es un sinónimo de educación y buenos modales respetar esta diferencia entre ellas.
La única manera en que una mujer alfa acepta la igualdad entre su sexo es cuando es capaz de imponer una moda y de despertar el deseo en las demás mujeres de querer ser igual a ella.
Qué maravilla de especie.

TODOS SOMOS LA BOLA / Monserrat Diosdado

Yo no soy uno más, aunque todos se empeñen en hacérmelo creer. Soy única, especial e irrepetible, y sí, quizás también un poco soberbia. ¿Y qué? Tú tampoco eres uno más, no eres igual a nadie aunque la publicidad, los medios, la escuela y el Estado te lo quieran hacer creer. Digo, no sé en tu caso, pero por lo menos en el mío veinte años de intentos, luchas, sorpresas, caídas, idas y venidas han significado algo, me han marcado como persona, me han ido labrando de una muy distinta forma a la de cualquier otra persona y, si no me equivoco, a ti también te ha pasado lo mismo. Entonces, ¿por qué el mundo se empeña en que nos creamos ese cuento de que todos somos iguales?
En su artículo Lo escrito en el tiempo Javier Marías lo define bastante bien. Llama “igualitarismo fanático” a esa necesidad que existe en la actualidad de poner todo a un mismo nivel, donde no hay mejores y peores o buenos y malos sino individuos en condiciones de igualdad. Somos iguales de base, por el hecho de ser, lo somos ante las leyes y ante las instituciones (o por lo menos deberíamos de serlo), pero nuestros actos, opiniones y quehaceres nos diferencian y en esa diferencia es donde se enriquece el género humano. Parece que por “educación”, o por lo menos por no perder la clase hay que vernos como iguales, pero tal necedad nos ha llevado al extremo de la igualdad, ver a la sociedad y por lo tanto a nosotros mismos como parte de “la masa”.
¿Pero quién es la masa? Según Ortega y Gasset las masas vienen por una deformación de la democracia. En la democracia son hombres, particulares, quienes optan por una minoría que aspira al poder. Pero de esos cuantos por separado hoy nos llega la opción de “La Bola” como la llamaría Emilio Rabasa en el siglo XIX. Los políticos representan ahora masas, dueñas del poder pues no encuentran oposición alguna. Y esto deriva en que el gobierno viva al día, sin plan de ruta ni proyecto sino a merced de lo que la masa decida.
Muchas veces se intenta disfrazar a esta masa con el concepto de igualdad pero, en sentido estricto igualdad define, ante la ley, el “principio que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos”. Mismos derechos sí, pero no mismas capacidades, no iguales gustos o pensamientos, somos distintos en nuestras formas de ver el mundo y entender la vida; en resumen: muy diferentes. La misma vida nos obliga a serlo dada la gran cantidad de opciones y posibilidades a nuestro alcance, incluso mucho mayores que antes gracias al desarrollo de la tecnología que nos ofrecen un abanico de opciones y decisiones.
Quizás porque es más cómodo, quizás porque la vida que nos ha tocado vivir es tan confortable que ahora huimos de cualquier esfuerzo, cobijados por el tan repetido concepto de libertad, pareciera que en la actualidad estamos de acuerdo con ser uno más. Somos tratados como masas, como cuerpos enormes de gran peso pero fácil maleabilidad, sin ideas ni opinión propia. Y hay de aquél que atreva a salir de la masa: si logra el consentimiento del Poder será visto como un “intelectual” seudo iluminado; si cae en desgracia de aquél, quizás le dure poco el gusto o el aparato en el poder se encargará de que no lo veamos como un individuo único, un loco más dirán.
Esa necesidad del Estado por controlar a la masa es algo fácilmente entendible. El Poder necesita legitimizarse y una herramienta para ello es contar con el apoyo, o por lo menos con la indiferencia, de los individuos. Pronto estos individuos, bajo un discurso de igualdad que llega a calar tan hondo que no nos damos de su existencia, comienzan a aglutinarse en uno bajo la premisa de que todos son lo mismo. Cuando menos nos damos cuenta aquellos hombres libres se han transformado en un todo, y en el proceso pierden aquella picardía, aquel arrojo o aquellas fallas que por lo menos le daban sabor a la vida.
Este problema de la masa viene de antaño. Ya en el siglo XIX prevenían sobre este punto. Incluso en nuestro país los escritores políticos como el anteriormente citado Rabasa hablaban de una masa. Una masa a la que era fácil convencer y a la que había que hacer creer que se le daba por su lado. Mantenerla feliz para transitar por la vida política sin interrupciones. Sin embargo, ésta aún tenía sus sobresaltos y prueba de ello son las constantes revueltas. Pero la masa “moderna” es concebida como un ente o conglomerado de “personas despersonalizadas” que no se rebela. Por ello el gobierno se limita a rehuir de los problemas, total, si siempre alguien lo podrá hacer mañana.
El futuro de este hombre masa es poco prometedor. Parece no tener rumbo o dirección. Se trata de una generación que en lugar de construir parece que se empeña en destruir lo construido, o por lo menos, quitarle el valor que merece lo que hoy se ve como normal y que resulta de individuos entregados del pasado. Sin embargo existe un detalle. Esta masa tiene el potencial para hacer cambios, puede hacer mucho más que cualquier otra generación, lo único que le falta es abrir los ojos, quizás sufrir un tanto, pero lo suficiente como para despertar del letargo en que se encuentra sumida.
El mundo no está predeterminado, hay circunstancias fijas, pero nosotros tenemos la decisión sobre ellas y podemos usar nuestra libertad para actuar como nos parezca más conveniente. Al fin y al cabo que vivir es decidir. En párrafos anteriores mencionaba a los intelectuales, considerados casi una raza aparte y en extinción. Pero en el fondo estos no son tan diferentes a nosotros, simplemente se animaron a ir más allá de esta medianía estática y uniforme. Si la masa dejara salir esta parte, si buscara dividirse en millones de diferencias dinámicas, si la desemejanza participativa fuera un camino…

lunes, octubre 09, 2006

UNA CONVERSACIÓN SENSATA / Alberto Vázquez

— Y pues ya ves que el hijo que tiene Laura es… —la mujer hace una pequeña pausa y una mueca de lástima —, bueno, es… “especial”.

— ¿Cómo que “especial”? — pregunta su amiga, un poco fastidiada (a ella siempre le habían contado que todos somos especiales, así que la expresión le decía poco).

— Pues sí, tú sabes, así como… “rarito”. ¡Ay! ¿No me digas que no lo sabías? —hace otra pausa esperando una respuesta que nunca obtiene— ¡Ay, bueno! Haz de cuenta que el hijito de Laura es un ángel. Es un regalito de Dios, un regalito muy “especial” y bueno, pues como todo angelito va a tener una vida diferente al resto de los niños, ya me entiendes, ¿no?

— ¡Ah! Ya, ya te entendí, oye pues… —otra pausa condescendiente— qué afortunada es Laura, y el niño también; pero bueno, ¿y ?

— Bueno, es que si el niño es un angelito pues tiene que ir a una escuela de niños con capacidades especiales ¿no? No puede estar en la misma escuela que mis hijos porque pues, no es que tengan menos habilidades, o piensen menos, ya ves que son muy buenos para las matemáticas y esas cosas, pero digo… tú me comprendes, ¿para qué exponer al pobre niñito a todas esas burlas? Y digo, pues los otros niños, mis hijos van a estar con él, y no es que tenga un problema con que se junte con ellos, de verdad, te lo juro, pero pues siento que le va a dar, no sé…

— ¿Envidia?

— Sí, envidia, ándale, precisamente, porque pues él no es así, normal, como mis hijos y los tuyos.

¿IGUALES? ¡NI MADRES! / Dayanna Velarde

A diario oímos, leemos y recordamos que todos somos iguales, iguales ante la ley, iguales ante los ojos de nuestro Dios (cualquiera que éste sea); escuchamos que todos tenemos los mismos derechos, las mismas capacidades, las mismas oportunidades y que las opiniones de todos valen lo mismo.
Tan iguales somos todos que medimos, pesamos, vestimos, actuamos, hablamos y pensamos diferente. Se nos dice que todos los seres humanos somos únicos e inigualables ¿pero cómo? Si también se nos repite a diario que todos somos iguales. Ciertamente ésta es una contradicción enorme que vale la pena analizar.
Sin duda se oye muy romántico decir que todos somos iguales, tan romántico como vivir una vida rosa y aburrida donde como borregos todos caminamos hacia el mismo lado, sin cuestionar una sola orden. Tan romántico como pensar en una vida de rutina “toda bonita”, sin subidas ni bajadas, una relación de pareja donde nadie nunca se queje, no existan los problemas, todo sea monótono y no se nos exhorte a dar o pedir más. ¡Qué aburrido! En la diferencia radica el sabor de la vida y esa diferencia, la queramos o no, se llama desigualdad.
Se nos ha educado desde hace cientos de años en un pensamiento ambiguo supuestamente “liberal”, pero con tintes conservadores muy arraigados. Algunos grandes pensadores de antaño, hablando de los liberales por supuesto, afirmaban que todos los seres humanos éramos iguales y se escudaron en este discurso para movilizarse; en las diferentes revoluciones y guerras de independencia de los distintos países se luchó contra la imposición de leyes que marginaran a ciertos sectores de la población, se peleó con uñas y dientes por buscar un régimen democrático donde se otorgaran las mismas oportunidades para todos.
En el caso específico de México, y de seguro en todos lados fue así, mientras las batallas transcurrían había apoyo entre las diferentes clases sociales, siempre y cuando éstas se encontraran en el mismo bando. Una vez terminado el borlote, los más gandayas o los más preparados se hacían del poder y ahora sí, el concepto de igualdad se prostituía. Eran ellos los que decidían a quién darle derechos y a quién no, quién podía votar y decidir sobre los asuntos públicos y quién tenía que acatar órdenes, servir, trabajar y quedarse callado (1). Pero eso sí, por supuesto que se pavoneaban y presumían de sus constituciones liberales, de los derechos conseguidos y el gran avance que habían logrado en su sociedad. Hipócritas sin duda. O, al menos, miopes.
No son los únicos, en efecto, nadie se salva de ser hipócrita (y aunque duela me cuento en esta lista), ya sea con nosotros mismos, con algún vecino cualquiera o con la vida en general. Soy creyente, católica, y no simplemente de palabra; creo en dogmas y acato reglas que aunque a mi razón le suenan estúpidas a mi moral le parecen perfectas. Por profesar una religión la gente no se queda ciega y si me estoy condenando con esto, pues perdóname Dios, no era mi intención, hablo de tus intermediarios y no de ti.
Hablar de igualdad o, lo que sería más correcto, de desigualdad dentro de las diferentes religiones deja mucho que desear. No conozco a fondo otras religiones pero sí lo suficiente la mía como para poder señalar algunos puntos.
Se nos habla de igualdad, de amor al prójimo y de un reino de los cielos donde todos seremos felices y viviremos en comunión con Dios. Existen dentro de las jerarquías de la iglesia tanta igualdad que el sacerdocio es un derecho y privilegio de los hombres solamente. El amor al prójimo rebasa tantas fronteras y rompe con los esquemas mundanos de una forma impresionante, todas las personas somos tan iguales que se les niegan el perdón (ridículamente, ¿por qué habrían de pedirlo?) y la gracia de Dios a gays, lesbianas y prostitutas. Las puertas del reino de Dios están abiertas para todas las personas, siempre y cuando no sean pecadores, no cuestionen, no piensen diferente ni se salgan de la norma. Vaya, acabo de caer en cuenta en una congruencia, ahí sí, entran todos los que son iguales, borregos y monótonos.
El gobierno, otro gran amigo de la igualdad, habla de derechos y obligaciones: derechos para unos cuantos, obligaciones para todos. Pero, claro, todos somos iguales, todos tenemos las mismas oportunidades (unos más lejos que los otros, algunas inalcanzables, pero las tienen). Wow, que chido somos todos iguales… ¿y dónde quedan entonces los indígenas y sus costumbres tan diferentes a las de nosotros, sus creencias más profundas y sus raíces más puras; dónde quedan las personas con capacidades diferentes a quienes peyorativamente llamamos “discapacitados” sin darnos cuenta de que nosotros lo somos mucho más que ellos por el simple hecho de ser capazmente prejuiciosos y no aceptar diferencias?
Las leyes son para todos, claro, pero mientras algunos tienen derecho a brincárselas y romperlas, otros solamente nos limitamos a observarlas, tratar de esquivarlas y, cuando no queda de otra, acatarlas. Están hechas pensando en todos por igual, no lo podemos negar, pero ante ellas nosotros no somos iguales: hay ricos, hay pobres, hay indígenas, hay mujeres, hay niños, hay políticos, hay famosos, hay tantas personas y a ninguna de ellas se les aplican por igual.
Dentro de nuestra sociedad habemos miles de ejemplares diferentes que interactuamos día con día. Un espécimen vuelto bastantes debido a la rareza natural que posee cada individuo. Tenemos la creencia de la igualdad tan interiorizada que no nos damos cuenta que en cada mirada se desborda una historia personal que no tiene nada que ver con la nuestra. Este discurso tan romántico nos hace imaginar un mundo utópico e inexistente; es como si todos tuviéramos esquizofrenia e imagináramos seres y situaciones que lejos de ser verdad son un producto del choque de nuestras neuronas con la realidad.
Qué más da cómo sea la vida, ¿todos somos iguales, no? Pasamos exactamente por los mismos problemas, reaccionamos exactamente igual ante las situaciones, corremos con la misma y exacta suerte… ¡Basta!, buscando en nuestro interior encontramos en el cómo vivir una gran diferencia. Para mí, vivir es disfrutar cada momento, aprovechar cada segundo y ponerle todo mi esfuerzo a lo que hago. Para algunos, es relajarse, llevar la vida leve y tranquila. Para otros es salir de reventón todos los días, disfrutar de los placeres mundanos y probar todo tipo de estímulos. Existen aquéllos para los que la vida es tan sólo la preparación para un mundo mejor, y también quienes llenan sus vidas de trabajo y compromisos para pasar más rápido el tiempo. Están también los que se alejan de la tecnología y la modernidad, los que creen en la anarquía, los que buscan la paz del mundo... Nombrar las diferentes formas de vida que hay o pueden haber me llevaría una eternidad, pero el punto aquí está en reflexionar sobre ellas, o por lo menos estar concientes de su existencia.
Si todos fuéramos iguales ¿Dónde quedaría la originalidad? ¿Cuál sería el chiste de echarle ganas a lo que hacemos? ¿Por qué habríamos de estudiar carreras diferentes? ¿Cuál sería el objeto de dedicarnos a empleos distintos? ¿Dónde quedaría el derecho al libre albedrío?
No, no, no; no somos iguales y, para ser sincera, odiaría que lo fuéramos. Se vendría abajo mi mundo, mis expectativas y todo lo que hago. Mi esfuerzo no valdría de nada, o lo que es peor, valdría igual que el de alguien que hace las cosas sin ponerles empeño. Vivo a un ritmo exigente, no me permito ser mediocre, busco distinguirme y ser diferente; si hago las cosas bien pues que se note ¿no? Mi trabajo me costó decidir que ya no quería ser parte del “montón” y que era hora de salir de lo común, que era hora de vivir una vida más intensa, de probar diferentes estilos y adecuar a mi personalidad lo que más me convenciera de cada uno. Todos los días batallo para conservar mi acento sonorense y no dejarme llevar por la corriente y empezar a hablar “cantadito”, como los tapatíos; aunque no lo crean es difícil no irte con la finta, ¿y todo para qué? Para que de repente se acerque alguien y me afirme que todos somos iguales. Pues fíjense que no, suena injusto.
¡Viva la diversidad! ¡Arriba la multiculturalidad! ¡Celebremos las diferencias! Bastante nos esforzamos un buen número de personas por ponerle el toque personal a lo que hacemos para que tanto esfuerzo se vaya a la basura. No me importa si me tachan de anticomunista, elitista, fascista o racista (no entendería por qué vendría al caso) o antidemocrática, las cuentas ya me las harán allá arriba, o ya me responderé bajo mi propio juicio. Me basta con que yo esté segura de qué soy y qué no y recordar constantemente a Olivia Gall: “[una cosa es] un valor igual entre los seres humanos, cosa que no es lo mismo que una igual esencia.”(2)
Estoy de acuerdo con el texto Javier Marías de “Lo escrito en el tiempo”:

[…] hay obras de arte y hay obras a secas; no toda opinión es respetable, sino que las hay despreciables e inmundas, […] todo el mundo tiene derecho a unas cuantas cosas fundamentales, pero no a todas las imaginables, porque hay derechos que se ganan […] El tiempo cuenta, y así cuenta por tanto lo que en él cada uno escribamos. Y será quizá sólo cuando ya no haya tiempo, al término del recorrido, cuando tal vez sí, tal vez entonces, volvamos a ser todos iguales.(3)

Por lo pronto me hago a un lado para dejar fluir las corrientes. Me uno a la búsqueda de la originalidad para seguir forjando mi personalidad y dejo un fragmento de una frase recurrente en mi memoria: “[Lo importante] es ser de valor igual pero de cultura diferente”(4).

NOTAS

(1)Para información más amplia acerca de la concepción de igualdad entre los liberales mexicanos del siglo XIX véase: Escalante Gonzalbo, Fernando (1992), Ciudadanos Imaginarios, México: Colegio de México.
(2)Gall, Olivia (2001), “Identidad, otredad, exclusión y racismo”
(3)Marías, Javier (1999), “Lo escrito en el tiempo” en Letras Libres, noviembre, no. 11
(4)Frase tomada del discurso del EZLN, citada por Gall, Olivia, op. cit.

domingo, octubre 08, 2006

DIÁLOGOS CON LO CORRECTO / Alberto Vázquez

El Bruin Leaders Project de UCLA es una asociación que intenta promover el liderazgo estudiantil; los miembros de este grupo organizan certificados y/o conferencias acerca de diferentes problemáticas sociales. Como es una asociación tan abierta, tolerante y moderna, BLP decidió abrir un ciclo de ponencias sobre los “Problemas de Diversidad”. Dentro de la programación se encuentra una conferencia llamada “Asian Pacific Americans and Leadership: Developing Strengths and Acknowledging Challenges”. ¿Asiático-Pacíficos Americanos? Y esos, ¿de dónde salieron? La concepción total del certificado, el ciclo de conferencias y los términos utilizados para referirse a la diversidad son tan enfermizamente condescendientes que tuve que cerrar la página por el bien estomacal.
Al seguir investigando sobre el tema encontré decenas de términos “políticamente correctos” sobre cualquier desigualdad que el ser humano pueda tener. Estas palabras nacen con el propósito de erradicar el racismo y cualquier forma de discriminación de la sociedad. La idea, en un principio, no sonaba tan descabellada: existen palabras en nuestra lengua que se han usado con una connotación enteramente negativa y cargada de odio, términos que han marcado la historia de las culturas y, a pesar del supuesto avance la humanidad, representan una herida mnémica tan incómoda, que no pueden ser usados sin transportar a quien los escucha a un pasado doloroso, que nadie quiere recordar pero que es imposible dejar atrás. La solución para sanar estas heridas parece ser taparlas, cubrirlas, ponerle muchos curitas a la hemorragia y esperar que, si no se detiene el sangrado, al menos no se vea tan fea. Se endulza la realidad y se maquilla un pasado hiriente y un presente que innegablemente no es muy diferente. Es que el problema de la discriminación y las soluciones a ésta son mucho más profundas, complicadas y representan un reto (tener un reto es la forma correcta de decir “la estás cagando”) enorme para la sociedad, la cual encuentra mucho más fácil negar que estos problemas alguna vez existieron. Y ¿qué mejor manera de negar la discriminación y el racismo que borrar cualquier posible rastro de éstos? Los que los promotores de lo correcto, lo moral y lo puro no están tomando en cuenta es que, en primer lugar, la desigualdad y la discriminación son asuntos naturales en el hombre y en la sociedad.
La desigualdad en su forma natural se refiere simplemente a las características biológicas del hombre: siempre se es más alto, más chaparro, más delgado, más gordo, más narizón, más fuerte que otro. Siempre se es negro, blanco o todos los colores en medio; siempre van a existir desigualdades, y con base en éstas definiremos nuestras habilidades e identidades: es simplemente un proceso de la naturaleza. Sin embargo, cuando se les da a estas diferencias un carácter moral y se someten a juicios de valores nace el gran problema: ya no sólo eres gordo o delgado, eres bello o feo, ya no eres nada más fuerte o débil, eres un líder o un seguidor y ya no puedes seguir siendo solamente negro, blanco o los puntos intermedios, eres también amo, esclavo o trabajador. Las desigualdades morales serían entonces los factores que generan discriminación en la sociedad ¿o no?
Aunque no es posible señalar a la discriminación, en su concepción actual, como algo natural, sí se puede hablar de ésta como un acto que todos cometemos; el discriminar va implícito en cada elección, y como creemos ser seres completamente libres que tomamos nuestras propias decisiones, es apropiado decir que vivimos discriminando. Se debe recordar que elegir entre varias opciones tiene que ver con renunciar al resto en nombre de una. Es entonces cuando la pobre dama de Las Lomas, al salir de su casa cada mañana, entra en crisis existencial porque debe decidir si se lleva el BMW o la Freelander al club, está cometiendo un acto de discriminación perfectamente normal. También, si nos gusta pensar que las elecciones son libres y completamente respetables, deberíamos eliminar la connotación negativa de la discriminación, pues si yo decido no juntarme y no tener que ver nada con los pobres, los jotos, los negros, los viejos o los retrasados es mi decisión y el valor moral de ésta se encuentra en la acción no en la opción; no se me podría reclamar por alejar a toda esta gente de mí, por ignorarlos, alienarlos y oprimirlos directa o indirectamente, pues fue mi decisión discriminar.
El argumento de aquellos que son políticamente correctos es tan ilógico que se necesita recurrir a peroratas emocionales para sustentarlo, más muy a pesar de todos sus esfuerzos los profundos problemas sociales no tienen base en la discriminación o en la desigualdad; tienen base en el odio, en el miedo, la ignorancia, el sentimiento de superioridad y la opresión. El problema jamás ha estado en la palabra “negro”, está en la manera en la que se dice, en el significado oculto, en todo lo que se enuncia entre líneas. El lenguaje, a final de cuentas no es enteramente objetivo, se presta a interpretaciones y es ahí donde radican los problemas sociales.
Las palabras no guardan ninguna intención, no retienen odio, ni lástima; las personas son las que poseen y reflejan en su hablar todas estas características. El censurar (u obligar al Discurso Selectivo, para que no se oiga tan feo) y vetar la mitad de las palabras en nuestros diccionarios sólo porque hieren a ciertas personas no van a resolver los problemas de éstas. Mientras exista alguien que odie o que se crea superior a otro, habrá los términos para ofenderlo y hacerlo sentir menos; mientras tengamos la intención de separarnos de los demás, de no respetar sus diferencias y de querer ser moralmente desiguales habrá los medios para hacerlos.
La discriminación, con la connotación que le damos en la actualidad, existirá hasta que se quiera que exista y se reformulará a sí misma cuantas veces lo necesite para seguir vigente; y si se analiza el tono de los términos políticamente correctos, cargados de lástima, odio, condescendencia, ironía y superioridad, estas palabras son la nueva forma de discriminación, de alienación y de promoción de la desigualdad, formas más sutiles y disfrazadas que se creen más aceptables, pero en el fondo, no se tapa el sol con un dedo y si maquillamos el morete éste no deja de doler. Entonces ¿qué tan correcto es ser correcto?

martes, septiembre 26, 2006

LA IDENTIDAD SISTEMATIZADA / Hugo Gálvez

Con el paso de los años, la identidad del mexicano se ha ido forjando con base en falacias, imposiciones, idealizaciones y contradicciones que se han convertido en herramientas ideales para moldear a un pueblo obediente, sin voluntad y atento a la voz de la compleja estructura de Poder.
La historia nacional ha sido difamada por las instituciones socializadoras de la educación, que se han encargado de introducir en los actuales y futuros ciudadanos mexicanos una serie de preceptos relacionados con una historia maquillada, con héroes entendidos como mártires y con una escala de valores manipulada por el sistema hegemónico.
En los últimos años, el tema de la pérdida de identidad nacional ha sido un tema recurrente en las mesas de discusión y es en estas mismas en donde se ha hablado de la globalización como la causa principal del resquebrajamiento de la identidad cultural en México. Sin embargo, es importante voltear la mirada a las causas internas que representan mayor grado de implicación en la erosión del concepto de nacionalidad mexicana.
Con base en un postulado elemental de psicología según el cual, para construir su identidad, los individuos deben establecer y organizar sus capacidades, necesidades, intereses, deseos y prioridades a fin de expresarse en un contexto social determinado (Cerezo, 1995), es fácil deducir que la falta de libertad en la elección y la falta de sentido critico en la evaluación de lo hechos históricos son dos de los problemas fundamentales en la perdida de identidad nacional. En este sentido, la forma en que se introducen los valores nacionales y cívicos no permite al mexicano asimilarlos ni mucho menos vincularlos con sus necesidades, prioridades, deseos e incluso libertades.
Siguiendo la idea anterior, es necesario replantear la historia de México y de sus héroes desechando la perspectiva idealista, que lo único que hace es alejar todo concepto de identidad mexicana de la realidad inmediata de los ciudadanos.
Un adolescente a quien desde la primaria se le ha reiterado una historia que se contradice constantemente con el México actual, evidentemente perderá el interés con la misma y por lo tanto su identidad estará cimentada en la obligación y en las verdades a medias.
Por otra parte, si la historia que se expone parte de una perspectiva más realista se fomentará la vinculación de los mexicanos con su historia y con sus héroes, héroes que no fueron mártires insufribles sino individuos en contextos de conflicto comprometidos con sus intereses y con sus objetivos.
De esta manera, las nuevas generaciones de mexicanos podrían tener acceso a las herramientas que desarrollen un sentido critico dirigido a provocar reacciones que cuestionen el rumbo de su nación y que permitan además la interiorización de valores nacionales que ellos mismos forjarían y con los cuales se adoptaría un compromiso por libre elección.
El sistema de gobierno, apoyado por la iniciativa privada, ha fomentado la creación de una filosofía nacional encauzada a la formación de un mexicano que “opine lo menos posible, piense lo menos posible, critique lo menos posible y duerma lo más posible” (Dresser y Volpi, 2006: 25). De esta manera, le es posible conservar un status quo en donde la elite conserva sus privilegios y las clases menos favorecidas se resignan a vivir en ínfimas condiciones o lo que es peor, se enorgullecen de sus circunstancias puesto que “para ser un buen mexicano hay que sufrir, llorar, vociferar. Pero nunca hacer algo al respecto (Dresser y Volpi, 2006).
En épocas más recientes, las elites empresariales y políticas se han empeñado en acallar las voces de protesta por instrumentos ideológicos como los medios masivos de comunicación. Por medio de estos agentes de socialización se han difundido nuevos mitos acerca de la identidad del mexicano, así como nuevas formas de expresar tal identidad que evidentemente convienen a sus intereses.
Por lo tanto, no resulta extraño encontrarnos con programas televisivos en los que se propone un satirizado patriotismo que reside en el hecho de “ponerse la verde” y “hacer vibrar a México” faltando al trabajo para apoyar a la selección mexicana de fútbol en una contienda por el orgullo nacional. El anterior es sólo un ejemplo de las estrategias utilizadas para la estructuración de una sociedad mexicana carente de una identidad reflexiva y por lo tanto expuesta a la manipulación de su comportamiento.
La identidad del mexicano se encuentra estructurada sobre un conjunto de idealizaciones y contradicciones encauzadas al debilitamiento de la crítica razonada y a la imposición de comportamientos que se adoptan sin el más mínimo cuestionamiento. No obstante, las instituciones por medio de las cuales se difunden dichos valores no son las únicas responsables de las debilidades propias de la identidad nacional. Cada mexicano, en su papel de ente pensante, es responsable de su propio comportamiento y libre de elegir los aspectos que darán forma a su identidad cultural y nacional.
De esta manera, se encuentra en las manos de cada individuo la posibilidad de permear su concepción individual de la identidad del mexicano con la búsqueda de información crítica acerca de su pasado y presente histórico. Es necesario estar concientes de las estructuras que han dado forma al México actual para poder evolucionar y edificar una identidad del mexicano con convicción y compromiso sustentada en rasgos que él mismo adopte y asimile (Ramírez, 2004).
La identidad del mexicano va más allá de los colores de la bandera, de un héroe nacional o de un canto; es su identidad lo que fortalece los vínculos con sus propias metas y con los objetivos de la nación, lo que identifica al grupo y lo cohesiona con el fin encarar los retos que el sistema hegemónico, ahora mundial, representa. Es importante asumir un compromiso con la identidad propia y después con la identidad cultural. Y para que el compromiso sea legitimo, es necesaria una vinculación directa con los principios que han dado forma a México, no ideales sino realidades que nos habiliten para construir un México congruente, ni bueno, ni malo sino coherente.

BIBLIOGRAFÍA:
Cerezo, S. (1995), Diccionario de las ciencias de la educación (2ed). México Santillana.
Dresser, D. y Volpi, J. (2006), México, lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su patria, México: Nuevo Siglo/Aguilar
Ramírez, S. (2004), El mexicano, psicología de sus motivaciones. México: De Bolsillo
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lunes, septiembre 25, 2006

¿AGRURAS? MASTICA MELOX / Evelyn García

Ser mexicano va mas allá de irle al tricolor, de poner cada 15 de septiembre banderitas, de ir a cantarle las mañanitas a la Virgen de Guadalupe; ser mexicano no implica ser corrupto, extremistamente católico o conformista hasta la resignación; no es necesario ponerse hasta las chanclas en las fiestas patrias, tener un retorcido sentido del humor, hacer pachanga cada vez que se pueda o seguir la única ley que prevalece a lo largo y ancho de nuestro querido México: “el que no tranza no avanza”.
Aunque parece que ser mexicano sí significa ser un “macho” y demostrarlo en todo lo posible: ¿tú no presumes a tu “pájaro”? El albur en México es un claro ejemplo de cómo los mexicanos demuestran su hombría, puesto que “un mexicano no debe de rajarse nunca. Los que se abren son cobardes” (Paz 1959: 33), pero “no se apene, mejor siéntense” y disfrute su realidad como un buen ejemplar nacional.
El albur, según Blanca Estela Ruiz, es darle a las cosas cierta connotación, ya sea por similitud fonética o física del concepto, casi siempre referida a cuestiones que tienen que ver con el sexo o la sexualidad. El albur es una pelea que se lleva a cabo de manera verbal, en la cual se habla de insinuaciones obscenas y de doble sentido, tratando de siempre de demostrar de que un “chile” en específico es superior a los demás. El albur está lleno de “alusiones sexuales agresivas, en donde el que pierde es poseído y violado por el otro” (Paz 1959:43). La finalidad del albur es no abrirse y “rajar” al otro, es decir, no dejarse dañar y lograr herir al contrario.
El origen del albur en el mexicano nace con la mezcla de la cultura náhuatl y española, ya que ambas tienen sus antecedentes de humor y picardía. Por una parte, existe el caso de los cantos nahuas en las cortes de los emperadores aztecas, en donde abundaba principalmente el doble sentido; por el lado de los españoles, las memorias del Fray Servando Teresa de Mier, hacen ya referencia al albur y picardía que ya existía en la España de aquella época.
Pero, ¿por qué el albur es algo tan característico del mexicano? Si bien vivimos en un país en apariencia “mocho”, en donde aún en pleno siglo XXI bastantes consideran un “pecado” hablar de lo sexual de un forma abierta, el mexicano aprende a vivir sexualmente reprimido, hermético, confuso y con una serie de tabúes que no lo dejan desarrollar su sexualidad en su totalidad.
Para el mexicano, el albur se convierte entonces en una válvula de escape, ya que encuentra en este recurso una la forma en que puede hablar de sus “atributos” tangencialmente (Plátano, Pepino, Camote, Elote, Chorizo, Longaniza, Chile…, así, en mayúsculas, por el valor falocéntrico que supone), esquivando la prohibición impuesta por la iglesia católica y la buena moral. El albur fue creado para que los hombres pudieran hablar de sexo sin que nadie los comprendiera y se los reclamara o reprimiera.
¿Acaso el albur sólo es para el sexo masculino? El albur fue creado para demostrar la virilidad de los hombres, no obstante, en la actualidad, debido a la “liberación femenina”, las mujeres poco a poco han entrado al juego del albur. Esto resulta bastante peligroso, ya que las mujeres no tienen con que “rajar”, pero sí cuentan con una “rajada, herida que jamás cicatriza” (Paz 1959:33). El albur va dirigido, por tanto, a quien cuenta con un equipo completo de juego, “un palo y dos pelotas”, y es éste quien realmente puede hacer uso de este juego de palabras, ya que cuenta con su “chile” para defenderse. ¿Tiene sentido el albur entre mujeres?
En México es común que los seres con “la vara mágica” utilicen el albur en frases como “Quisiera tener ese par de piernas… pero sobre mis hombros” o “Si fueras banco, te la metería a plazo fijo”. Se debe a que el mexicano, con frecuencia, también utiliza el albur para alabar a la belleza femenina, haciendo del cuerpo de la mujer su principal objetivo.
¿Acaso el mexicano es el único que realiza este juego de palabras? A pesar de que otros países cuentan con un pasado muy similar al nosotros (una cultura basada en la mezcla de culturas prehispánicas y la española), México es el único país que se da de tal manera este fenómeno, ya que aunque si hay otros brotes en algunos países, no hay alguno que se iguale a la picardía y rapidez mental de un buen número de mexicanos.
En gran parte, no importa el estrato social de dónde provenga, el mexicano continúa expresando su parte machista reflejada especialmente en su forma de comunicarse entre los "machos”. El albur y su connotación sexual forman parte de una cultura que, gústenos o no a las mujeres, es una parte recurrente de lo que significa ser mexicano para muchos. ¿Seríamos mexicanos si no le tuviéramos tanto gusto al chile?

BIBLIOGRAFÍA:

• Paz, O. (1959). El Laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica, México.
• Fernández, J. (1993). México: un camino para conocerlo y amarlo. Noriega Editores, México.
• Arguello, J. (2000). La muerte nos pela los dientes. Ducere. México
Gaceta Universitaria UDG (1998). Consultado en línea: http://www.comsoc.udg.mx/gaceta/paginas/87/6-87.pdf

INSURGENCIAS (DES)MOTIVADAS / Carlos Alberto Roque

Recién he dejado atrás la fiesta más importante de México: el 16 de septiembre. Aún escribo desde un mes “patrio” donde todo literalmente se pinta con los colores nacionales. Para rematar esta euforia, este año tuvimos hasta dos versiones del Grito de Independencia.
Toda la efervescencia que experimentamos en estas fechas se manifiesta de diferentes formas en los millones de mexicanos que conformamos este país. En muchos se incrementa el orgullo que ocasiona recordar el hecho de que “nos desprendimos (por nuestra valentía e insurrección) de la corona y dominio español”; en otros no causa emoción alguna, ya sea por apatía, desconocimiento del tema o porque no consideran que haya motivo de celebración. En fin, cada persona tiene un significado –propio o retomado de otros– de la fiesta nacional llevada a cabo. Sin embargo, es indudable el énfasis que hacemos en esta celebración como muestra de uno de los muchos rasgos por los que nos sentimos orgullosos de ser mexicanos.
Personalmente, confieso que hasta hace poco menos de un mes, mi idea de la fiesta celebrada con motivo de la Independencia de México era más o menos la siguiente: En la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo decidió junto con otras personas de la elite, convocar y guiar un movimiento armado para acabar con la opresión y explotación que sufrían los pobres del México colonial y lograr la Independencia de México. Mediante una lucha armada y la participación de las clases bajas se logró un movimiento que llevó a la Independencia de la colonia en 1821. Este inicio de la lucha que inició Hidalgo es lo que celebramos con el grito de Independencia. Esa es la historia que más o menos se repite en la media de la población al preguntar la razón de la celebración del 16 de septiembre.
Si la representación es la producción de significado en el lenguaje que nos refiere objetos, personas o eventos, reales o imaginarios, me atreveré entonces a decir que la representación de la fiesta del 16 de septiembre, tal y como la expliqué anteriormente, corresponde a la de un evento imaginario en gran medida. Imaginario en sus ideales, no en su totalidad, pero regulado por diferentes agentes.
La historia de Miguel Hidalgo, en realidad, tiene muchos más detalles que no hay tiempo de aprender en la primaria y secundaria. Aunque se le suele dar crédito a Hidalgo como el iniciador del movimiento insurgente, la elite que lo acompañaba tenía objetivos menos sociales y más individuales y políticos. En realidad no buscaban acabar con la opresión y explotación que sufrían los campesinos del Bajío (zona donde inició la revuelta de Hidalgo), y mucho menos planeaban la total Independencia de la corona española. Sólo querían que los nacidos en México pudieran tener cargos altos en el gobierno y que no les mandaran un virrey desde España. Buscaron apoyo entre los campesinos al no encontrarlo en las elites bien establecidas de la zona (porque había ricos y muuuy ricos). Una crisis agraria del Bajío compuesta por varios factores (constantes sequías, la hambruna de 1809, un desplazamiento a campos cada vez menos fértiles…) fue el perfecto caldo de cultivo para una insurrección convocada por el cura Hidalgo. Sin embargo, estas condiciones de insurrección sólo se dieron en el Bajío y posteriormente en Jalisco, lo que no pasó entre los campesinos del Altiplano Central, ni de San Luis Potosí, por ejemplo. Esta falta de apoyo ocasionó que el movimiento no tomara inmediatamente un enfoque general y una fuerza a nivel nacional. Esto llevaría a la debilitación y derrota de la lucha de Hidalgo apenas cuatro meses después de iniciada. Fue otro movimiento más conservador y elitista el que llevó a cabo la Independencia política de la Nueva España, lo cual no significó mejora para la condición del campo en México, que se reflejaría en los más de cien años de violencia agraria posteriores (TUTINO 1990).
Nos encontramos entonces con dos historias diferentes donde los personajes no son tan “buenos” o tan “malos” como se representan en la cotidianidad de las escuelas primarias. ¿Quién regula esta concepción de Independencia que tenemos? Podemos encontrar parte de la respuesta en lo sucedido después de la Revolución mexicana.
Para Octavio Paz, en su análisis crítico de los años cincuenta, frente a la necesidad de buscar una identidad mexicana, los intelectuales mexicanos se dieron a la tarea de encontrar las bases que nos unirían como nación:

Si la Revolución fue una brusca y mortal inmersión en nosotros mismos, en nuestra raíz y origen, nada ni nadie encarna mejor este fértil y desesperado afán que José Vasconcelos, el fundador de la educación moderna en México. Su obra, breve pero fecunda, aún está viva en lo esencial. El movimiento educativo poseía un carácter orgánico. No es la obra aislada de un hombre extraordinario –aunque Vasconcelos lo sea, y en varias medidas--. Fruto de la Revolución, se nutre de ella; y al realizarse, realiza lo mejor y más secreto del movimiento revolucionario. En la tarea colaboraron poetas, pintores, prosistas, maestros, arquitectos, músicos. Toda, o casi toda, la “inteligencia” mexicana” (PAZ, 1950).

Sin embargo, de acuerdo con Volpi y Dresser, la concepción de la historia mexicana tuvo que redefinirse para llevar a cabo este proyecto de nación. Satíricamente mencionan que la “historia oficial" fue redactada al calor de unos pulques por un grupo de intelectuales famosos:

Ellos pensaron, en la década de los treinta, que México tenía que verse a sí mismo de otra manera y salía más barato cambiar la historia que cambiar al país. Entonces lo hicieron y crearon esos libros de altísima calidad, papel bond, imágenes inolvidables y fantasías maravillosas. Lo hicieron tan bien que algunos posteriormente fueron contratados por Walt Disney. Los que se quedaron fundaron algo que ni a él se le hubiera ocurrido: un partido para repartirse el país, el PRI (Dresser y Volpi 2006).

Frente a estas antagónicas concepciones de la formación de los libros de historia de México, las cuales contribuyen en gran manera a formar las representaciones que tenemos acerca de esta celebración del 16 de septiembre y nuestro nacionalismo, tenemos varios puntos que reflexionar. No podemos encasillar o catalogar a todos los pensadores o intelectuales como simples utensilios del poder para la creación de un partido hegemónico como lo fue el PRI. Debemos aceptar el hecho o la posibilidad de que hubo bastantes personas con algún grado de compromiso social. Sin embargo, con el tiempo se ha perdido la razón primigenia para la que fueron redactados aquellos libros, su función de enseñar y cultivar desde un afán iluminador vasconcelista, y se han convertido en una herramienta para hacer circular representaciones monolíticas de nuestra historia nacional, donde los malos son siempre extranjeros, y aunque perdamos siempre, nuestro orgullo y humor quedan intactos.
Debemos estar conscientes de que celebramos algo que nunca pasó como tal o pasó sólo políticamente pero no socialmente. La Independencia cambió muchos escenarios, pero no me parece que la celebremos correctamente, si es que hay una manera correcta de celebrarla. La Independencia hizo que naciera una nación discapacitada, mal organizada desde el principio (ya que los que quedaron en el poder no compartían los intereses de la mayoría) y esta desventaja nunca nos ha permitido ser competitivos. La historia y la identidad son necesarias para la cohesión en un territorio tan enorme como el nuestro; sin embargo, hay que pensar en los vicios que causa una concepción rígida y estereotipada de la historia de México tal y como la conocemos. Necesitamos reflexionar si es mejor erradicar todos estos fantasmas y buscar negociar una historia siempre discutible, o dejarlos cohesionar nuestra nación pero a costa del manierismo que provoca un pasado vuelto caricatura.

BIBLIOGRAFÍA:

· DRESSER, Denise y Jorge Volpi (2006), México, lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su patria, México: Nuevo Siglo/Aguilar

· PAZ, Octavio (1950). El laberinto de la soledad: Inteligencia mexicana. México: Fondo de Cultura Económica.

· TUTINO, John (1990). De la insurrección a la Revolución en México. México: Era.

NACIONALISMO MONERO


Para redondear el tema del mes, este cartón publicado el 17 de septiembre en el Mural (Guadalajara)

jueves, septiembre 21, 2006

“BANDERITA, BANDERITA, BANDERITA TRICOLOR…” / Alberto Vázquez


“…yo te doy toda mi vida, ¡y también mi corazón!” Ese era el verso (¿era de una canción o un poema?, ya nadie recuerda) que viene a la mente de bastantes mexicanos cuando se les habla de nacionalismo o de patriotismo. Esta frase es el ejemplo por excelencia de la mecanización de la enseñanza del sentimiento nacionalista: un buen mexicano debe conocer perfectamente sus símbolos patrios (“la bandera, el himno nacional y el escudo” repetimos todos en nuestras mentes automáticamente); de la misma manera, nadie se puede llamar patriota si no conoce sus fiestas nacionales (“el 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo y Costilla, cura de Dolores llamó a …” escuchamos a nuestra maestra de primaria repetir con poco entusiasmo) y mucho menos es un buen mexicano si no las celebra como es debido (¡Viva Morelos! ¡Viva! ¡Viva José Cuervo! ¡¡¡Viva!!!). Un mexicano ejemplar no se raja y le pone chile hasta al cereal (Kellog’s ChiliFlakes (MR)). Y, por supuesto, un mexicano de verdad ama a su patria y moriría con ella (y todos nos enrollamos en la bandera como el niño héroe cuyo nombre recordamos más por una calle).
Pero la verdad es que estamos muy lejos de hacer lo que Juan Escutia (que igual y se tropezó con la bandera en la huída): no moriríamos por México, ni siquiera nos pararíamos del sillón por nuestro país. ¿Por qué no? Porque nuestro nacionalismo, como la mayoría de nuestros conocimientos, se ha armado en nuestras mentes de una manera casi robótica: repetimos que el nacionalismo es el amor hacia nuestra patria aunque difícilmente sabemos lo que eso significa; en momentos vociferamos la falta de patriotismo sin reflexionar sobre la figura del patriota y nos convertimos en seres que repiten lo que en realidad no conocen y creen amar algo que en lo absoluto entienden.
Bajo este argumento, se podría afirmar que nuestros sentimientos de amor nacional se sustentan en ambigüedades, porque antes de construirlos no reflexionamos sobre la historia de nuestra nación y sobre el propósito por el que un Estado siembra este especial tipo de nacionalismo; de igual manera se necesita observar y profundizar en la fuerza que este producto seudo-intelectual aún mantiene ante las tendencias de la globalización, la dinámica transnacional y la unificación cultural, que intentan derrocarlo para instituir un nuevo sistema.
Para la conformación efectiva de cualquier Estado-Nación, así como del Estado multinacional, es necesaria la existencia (o creación) de una identidad en común que pueda unificar a sus integrantes, tanto en periodos regulares como en crisis. La identidad humana se construye, como ya se ha demostrado, por medio de figuras de vinculación y referenciales que ayudan al individuo (y en este caso a la nación) a definirse. Es a través de la observación de las conductas y personalidades de los demás que logramos establecer las propias, un Estado se definirá como tal observando e imitando a los que se encuentran a su alrededor. Al aplicar las teorías de identidad al caso mexicano podemos encontrar una grave falla que repercute en nuestra formación nacionalista: fuimos conquistados violentamente, se nos sometió a procesos de homogenización sólo para acabar dividiéndonos en castas; a todo el pueblo mexicano se le impuso un gobierno y estilo de vida español que siguió vivo aún después de la Independencia; los españoles se fueron pero dejaron aquí su legado de castas y diferencias irreconciliables; un criollo jamás lucharía por lo mismo que un indígena y pocas veces estaría de acuerdo con un mestizo, por lo tanto, la unificación de los mexicanos nunca existió, cada clase tomó sus figuras de vinculación correspondientes, se alejó del resto de los también mexicanos y construyó identidades distintas bajo un mismo nombre. Como el proyecto de nación mexicana jamás se pudo concretar seguimos en busca de figuras referenciales a quiénes observar e imitar con la esperanza de que algún día lleguemos a tener una identidad tan fuerte como la de otras naciones, y en un mundo con amenazantes tendencias a la homogenización cultural, México es una muy atractiva presa para el depredador transnacional.
Desde esta base que nos índica que no existe una identidad integral por defender y amar como mexicanos, se puede descartar inmediatamente un nacionalismo general, o por lo menos una interpretación “nacional” de éste. Entonces ¿por qué es tan inculcado en las escuelas? ¿Para qué se intenta defender algo completamente inexistente? ¿Con qué propósito cantamos un himno nacional y vitoreamos a nuestros héroes cada fiesta patria (para olvidarlos por el resto del año)? Aquí es cuando cabe analizar los propósitos de la creación del seudo nacionalismo. Como se ha dicho anteriormente, este tipo de sentimientos colectivos son indispensables para la preservación de un Estado. La fuerza y supervivencia de un Estado dependerá directamente de la vinculación que su pueblo tiene con él; entre más palpable sea el nacionalismo en una sociedad más fuerte se mantendrá ésta ante las crisis; también será más fácil moldearla y acomodarla a los intereses estatales, políticos y económicos. El amor a la nación permite a la sociedad establecer una serie de reglas implícitas para el individuo que habita dentro de ella, reglas que no llegan a ser leyes y sin embargo son más efectivas que éstas, ya que nadie desea fallarle a su nación y ser apuntado como una persona antipatriótica (pobres, narcos, e iletrados sí, pero traicioneros a la patria, ¡eso nunca!). Las instituciones sociales, mediáticas, económicas y políticas están especialmente interesadas en fomentar y sembrar el nacionalismo en donde sea posible, porque éste representa el más efectivo método de control del individuo dentro de la nación; la mayor parte de las estructuras serían destruidas completamente si no fuera por el severamente impuesto y pésimamente fundado amor a la patria. Y es bastante obvio decir que todo grupo de poder y elite social está completamente conciente de esto, si no es así, ¿por qué se invita al pueblo a celebrar ser mexicanos al menos dos veces al año? ¿Con que propósito monta todo un espectáculo plagado de diálogos repetitivos, predecibles y melosos que provocan derrames cerebrales a todo aquel que se atreva a analizarlos? ¿Para qué engañar y auto-engañarse con todo la parafernalia de amar lo que no se conoce? El nacionalismo es un arma de manipulación tan poderosa que no se puede imaginar la subsistencia de un Estado débil y deficiente sin ésta.
Ante un mundo globalizado que pretende acabar con las fronteras y establecer un sistema transnacional de total dependencia entre los países centrales industrializados y la periferia, el nacionalismo se mantiene como la última esperanza y el arma más efectiva para combatir la inminente invasión; nos vemos plagados de esta ideología casi xenofóbica que limita los campos de acción de la globalización (o al menos pretende hacerlo). Bajo el mismo principio que establece que es mejor morir a traicionar a tu país, se cobija la idea del rechazo a todo aquello que venga del extranjero; lo anterior deja instalada una eterna paradoja en la que el mexicano vive diariamente: las clases poderosas instan al constante consumo de bienes, servicios y productos culturales al mismo tiempo que siembran la culpa en la población por hacerlo.
Al final, los mexicanos somos dirigidos en nuestros pensamientos y acciones por el complejo nacionalista; un complejo pésimamente fundado, robóticamente implantado, y pobremente aplicado. Un nacionalismo incipiente, vacío y sin embargo imprescindible e inevitable, que rige implícitamente nuestra estructuración como sociedad y limita nuestro campo de acción individual. Un nacionalismo paradójico que debería haberse extinto, mas sigue siendo un producto fuerte, sólido y muy influyente en México. Un concepto inteligentemente manejado, creado para asegurar el poder y controlar a las masas, aquellas masas que en la vida se sentarán a reflexionar ¿qué significa realmente ser mexicano?, ¿cómo vive un nacionalista?, ¿cómo actúa un patriota?, ¿qué haría un verdadero mexicano para el país? Una masa que sólo se quedará sentada en las butacas o frente al televisor y ocasionalmente se parará a gritar la frase que fue consumida de tal manera que ya está arraigada en lo más profundo de su mente: ¡Viva México!

Bibliografía:
Hoyte, Dale (1998). Mexico’s Colonial Era. Disponible en: http://www.mexconnect.com/mex_/travel/dpalfrey/dpcolonial2.html (Consultado el 5 de septiembre del 2006).
Paz, Octavio (1959. El laberinto de la Soledad, Mascaras mexicanas, Fondo de Cultura Económica, México.
Ruíz, Alfredo (2006). Fundamentos del enfoque post-racionalista. Disponible en: http://www.inteco.cl/articulos/001/doc_esp10.htm (consultado el 4 de septiembre de 2006)
Ruíz, Victor (2006). El nacionalismo de hoy es un ritual de la memoria: Carlos Monsiváis. En La Jornada. Disponible en: http://www.senadorcorral.org/article.php3?id_article=885 (Consultado el 4 de septiembre del 2006).
Ziona, Cesia (2006). Identidad versus complejo de inferioridad. Humánitas. (Consultado el 4 de septiembre del 2006)

DEMASIADO MÉXICO / Dayanna Velarde

—Yo soy MUY MEXICANO y por eso me gustan el fútbol, las cervezas bien frías (bueno, se hacen excepciones si eres jalisquillo y te las tomas calientes y con hielo), el tequila, el chile, las fiestas que duran hasta el amanecer, el desmadre, la banda, el mariachi, hacerme la víctima, dármela de chingón, criticar a los políticos sin enterarme de la situación de mi país, gritar ¡Viva México!, portar la camiseta de la selección cuando gana, ser valemadrista, ser impuntual, tirar la basura en la calle (siempre y cuando esté en México porque pasando la frontera norte me comporto), echarle a los gringos, hacer menos a los indígenas, negros, mujeres y a todo el diferente a mí; me gusta hablar en doble sentido y con albures (aunque los del norte, Sonora, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León, no me entiendan tan rápido); me fascinan las mujeres sumisas y bien buenotas, entre otras miles de cosas que me da “hueva” nombrar, porque si sigo la lista luego nunca acabo.
— Soy MUY MEXICANO porque creo firmemente en la Virgencita de Guadalupe, en Juan Dieguito y era devoto seguidor del Cardenal Posadas Ocampo; pero estoy seguro de que su asesinato no fue un error de víctimas sino un ajuste de cuentas político. Mi noticiero favorito era El Privilegio de Mandar y en verdad lamento que se haya terminado: eso de leer periódicos no se me da, es para los “nerdos”. Me cagan los narcotraficantes porque tienen un chingo de lana, unas viejotas bien buenas y unos carrazos; pero eso sí, de vez en cuando me hecho un “gallo”, nomás pa pasar el rato, reírme un poco y olvidarme de lo jodidos que estamos.
— Soy MUY MEXICANO, claro, pero no soy pendejo. No me gusta comprar en México, prefiero lo que está hecho en cualquier otra parte del mundo antes que lo que es originario de mi país; bueno, a menos de que sea maquilado en nuestras jodidas maquiladoras y luego se lo hayan llevado a Estados Unidos u otro país primer mundista, donde le ponen el sello de calidad y me lo regresan a vender con mil impuestos más; pero “no hay pedo” con tal de comprar cosas buenas y no chafadas como las de aquí.

— Soy MUY MEXICANO, pero eso sí, ni creas que pago impuestos, ¿para qué? ¿Para que se lo gasten de lo lindo los políticos y no hagan ninguna obra, para pagar los sueldos a los “pinches” burócratas que ni sirven para nada y nomás complican los trámites que se hacen en las instituciones de gobierno? No, definitivamente yo por eso no pago impuestos, porque mejor esa lanita me la tomo o me la como, o la aprovecho en algo útil para mí.
— Aparte de ser muy mexicano, como BUEN PATRIOTA, celebro las fiestas patrias tradicionales. ni me acuerdo bien cuando fue la Independencia, ni la Revolución, ni quienes lucharon en la Batalla del 5 de Mayo, que creo que fue en Puebla. Por supuesto que pido mis días libres, y si no mes los dan casi demando a mi patrón o a la escuela; es inaudito que me pongan a trabajar o me den clases los días que toda la gente se va de peda. No me pierdo un partido de la selección, así tenga que faltar a mis compromisos y a mis obligaciones, me emociono con las paradas de Osvaldo Sánchez y abucheo desde mi casa a los árbitros vendidos que envidian a los mexicanos. Jugamos como nunca y perdemos como siempre pero que importa, ¿somos mexicanos no? Estamos para apoyarnos en las buenas y en las malas.
— Como BUEN MACHO, quiero una mujer sumisa que no trabaje fuera de casa, no opine mucho, cocine, lave, planche, cuide a mis hijos y sepa reconocer quien manda. No me gustan esas ideas feministas ni mucho menos eso de “equidad de géneros” ¿qué nos está pasando? Si los que tenemos “huevos” somos nosotros, no ellas. ¿Por qué van a trabajar y quitarnos empleos y aparte ganar más que nosotros? ¡No, señor!, eso no es justo y va contra la ley de la naturaleza, ¡ellas son el sexo débil!
— Soy MUY MEXICANO, ¿o acaso te quedaron dudas? Cumplo con los requisitos exactos, tengo todas las características y sobre todo conozco a mi México y lo quiero, aunque esté lleno de políticos corruptos y gente pobre que no hace nada por ellos mismos. Pero eso sí, lo que más me distingue como mexicano es que yo NO me rajo: soy valiente y un cabrón.